Las marcas del café en la mesa.

Carta a mi French press.

Hay algo que siempre me ha encantado ver, aunque no necesariamente limpiar: las marcas que deja la taza de café sobre mi mesa, mi escritorio o mi mesita de noche.

Mi vida casi siempre va acompañada de café. A veces de un chocolatito caliente, sí, pero más de café. Café en las mañanas, café mientras trabajo, café mientras pienso, café. 

No sé… hay algo en esas marcas que me gusta.

Tal vez porque implican compañía. Implican paso del tiempo. Implican vida. Son pequeñas señales de que alguien estuvo ahí, de que algo pasó, de que una conversación existió, de que una tarde se alargó, de que una idea nació, de que una noche fue más larga de lo esperado.

Y me puse a pensar: si una taza de café puede dejar una marca tan simple y, aun así, significar tanto, ¿cuánto más puede dejar nuestra vida en la vida de los demás?

Creo que todos tenemos personas en nuestra vida que nos han dejado una huella, una pieza, una idea, un algo. Una mamá, un papá, un hermano, una hermana, una amiga, un amigo, una abuela… alguien. Siempre hay alguien que, de alguna forma, nos marcó. Alguien que nos enseñó algo, que nos cuidó, que nos corrigió, que nos acompañó o que simplemente estuvo ahí cuando más lo necesitábamos.

Pero ¿qué pasa cuando le damos la vuelta a la pregunta? ¿Qué pasa cuando, en lugar de pensar en todas las personas que han dejado algo en mí, me pregunto: a cuántas personas les he dejado algo yo con mi vida? He recibido muchísimo durante toda mi vida, y estoy profundamente agradecida de tener la oportunidad de recibir, de aprender y de estar abierta a todo lo bueno que llega. Pero a veces se me olvida que esto es una cadenita: recibimos para dar.

Recibimos amor para dar amor.
Recibimos paz para dar paz.
Recibimos paciencia para ser pacientes con otros.
Recibimos cariño, enseñanzas, gracia y compañía para poder compartir eso mismo con alguien más.

Porque no podemos dar algo que no tenemos.

Y pensar en esto me llevó a algo que acabo de vivir. Durante estos meses hice muchos amigos, pero muchos de ellos ya están regresando a sus países. Y antes de irse, varios me dejaron cartas. Cartas llenas de experiencias, anécdotas, inside jokes, cosas bonitas, dibujos, llaveros y recuerdos pequeños que, para mí, significaron muchísimo. Pero en cada carta había algo que se repetía: un apartado de agradecimiento.

Cada uno me daba las gracias por algo que yo había hecho por ellos. Algo que, sin darme cuenta, impactó sus vidas. Algo que iban a poner en práctica, algo que les ayudó, algo que simplemente tocó una parte de ellos. 

Y si todavía no estaba segura de que había sido alguien relevante en sus vidas, también me dejaron muchas cosas. Casi todo lo que compraron y no podían llevarse me lo dieron a mí. Y aunque quizá para ellos era práctico, para mí se sintió como un detallazo. Como una forma de decir: “Esto también puede quedarse contigo”. Y eso me hizo pensar en el tipo de persona que quiero ser.

Y con esto no digo que soy perfecta y paso haciendo cosas increíbles. Más bien aún estoy aprendiendo y tratando de crecer y mejorar. Y la verdad, yo quiero ser una persona llena de cosas buenas y especiales, no para guardármelas, sino para darlas. Para hacer sentir a la gente que quiero, y también a la gente en general, que son vistos, amados y que hay gracia para ellos. Dar de gracia lo que de gracia he recibido. 

A veces nos enfocamos tanto en nosotros mismos que se nos olvida que también estamos hechos para servir a otros. Para acompañar. Para cuidar. Para dejar algo bueno en los lugares y en las personas por donde pasamos. Porque, queramos o no, marcamos vidas. Dejamos huellas. Dejamos algo, y depende de nosotros ser lo suficientemente conscientes y responsables para preguntarnos qué tipo de marca estamos dejando: si una que pesa, que hiere y que mancha, o una que acompaña, que sana y que recuerda a los demás que no están solos.

Al final, todos somos un poco como esas tazas de café que dejan marcas sobre la mesa.

Pasamos por ciertos lugares, por ciertas personas, por ciertas etapas, y aunque no nos quedemos para siempre, algo de nosotros permanece.

Una pequeña marca.

Una señal de que estuvimos ahí.

De que vivimos.

De que compartimos.

De que, aunque sea por un momento, fuimos parte de la historia de alguien más.

Pero bueno, tengo que limpiar las marcas de café de mi escritorio.

Nos leemos en la próxima carta.

Majo.

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