
Carta a mi tendedero.
No tengo lavadora en mi piso, así que cada tantos días me encontrarás lavando ropa en la lavandería más cercana. A veces me encontrarás sacando chisme con las viejitas, otras escuchando un podcast y, dependiendo del día y del clima, quizá también me encuentres llorando.
Y es que hay algo extremadamente nostálgico en las lavanderías.
Pasas dos horas ahí, esperando que tu ropa se lave y luego se seque. Y, obviamente, entre las películas americanas y esas fotos de Tumblr del 2014, las lavanderías ya cargan con una imagen medio triste, medio estética, medio romántica. Como esas veces en las que ibas en el asiento de atrás del carro, con audífonos, viendo llover por la ventana, escuchando una canción triste e imaginando que estabas dentro de un videoclip.
Pues algo así me pasa.
Muchas veces esas lavanderías están vacías. O al menos, a las horas en las que yo voy, suelen estarlo. Exceptuando algunas veces en las que me he topado con personas mayores que, sin conocerme, terminan contándome sus planes para la cena, lo mucho que aman a sus nietos, cuánto extrañan a su esposo que falleció, o incluso regañándome por no hacer bien el súper o por no llevar suéter en días fríos. Y más de alguna vez he llorado con ellas. Por alegría, por sentimiento o porque muchas de esas mujeres me han recordado a mi abuelita y a lo mucho que la extraño.
Pero también hay días en los que está lloviendo y, al parecer, soy la única persona en la ciudad que se ha quedado sin calcetines limpios. Así que decido ir. Y mientras afuera hay una tormenta física, adentro también hay una tormenta en mí.
Muchas veces ese es el único lugar donde realmente me detengo a pensar. Ahí, entre el sonido de las lavadoras, la ropa dando vueltas, la lluvia golpeando afuera y el silencio extraño, me he encontrado pensando en lo triste que puede ser venir sola a una lavandería en un día lluvioso. Pero también en lo curioso que es cómo la vida nos encuentra en lugares tan simples.
Me acostumbré a muchas cosas en casa de mis papás. Una de ellas era que la ropa siempre estuviera limpia, seca y planchada. Así que, obviamente, lavar ropa no es una de mis actividades favoritas. Pero ya me acostumbré. Ahora es parte de mi rutina. Aunque no te mentiré: no me encanta la idea de pagar tanto por lavar mi ropa. Tampoco tengo tendedero, así que es más fácil meterla a la secadora, esperar a que salga seca, y regresar a mi cuarto con la ilusión de ponerme una pijama limpia y calentita.
Y creo que, como te he contado en cada capítulo, cada día me vuelvo más agradecido por el privilegio que tenía en casa. También agradezco a Dios por permitirme vivir esto: por aprender, por crecer, por entender la vida desde otro lugar. Aunque no te voy a mentir, a veces es raro. A veces cuesta. Más de alguna vez la ropa no se me ha secado bien, me he quedado sin monedas y he tenido que llenar el piso de prendas húmedas porque no tengo tendedero, ni patio, ni un lugar donde colgar lazos como en casa. ¿Sabes? Como esos lazos que uno mira tan normales hasta que ya no los tiene, y claramente terminé llorando por ello, porque si aún no te has dado cuenta, esa suele ser mi reacción ante casi todo. Y esto me ha enseñado mucho, gracias a ese par de horas que paso en la lavandería.
A veces ves de todo ahí. Ves hijos enojadísimos porque sus papás los mandaron a lavar ropa. Ves parejas de esposos haciendo la colada del mes. Ves una abuela lavando la ropa de sus nietos. Ves estudiantes universitarios cargando bolsas enormes, tratando de entender como funciona la lavadora. Y también ves personas que, como yo, quizá llegan solo a lavar ropa, pero terminan lavando un poquito de nostalgia también.
Y he de decirte que he visto a más de una persona llorar ahí. Porque no te miento cuando te digo que una lavandería puede parecer un lugar cualquiera, pero no lo es. Es un lugar que te mueve. Tal vez porque uno llega con ropa sucia, cansancio acumulado y pensamientos que no siempre sabe dónde poner. Y mientras las lavadoras dan vueltas, también empieza a dar vueltas todo lo que uno lleva por dentro.
Llegas pensando que solo vas a lavar ropa, pero terminas encontrándote con historias ajenas, silencios propios y pensamientos que no sabías que tenías guardados. Porque a veces la vida te encuentra en lugares comunes. En esos espacios que frecuentas sin pensarlo demasiado, pero que, de pronto, te obligan a detenerte y escuchar lo que hay en tu corazón. Y la última vez que fui a la lavandería, algo se removió dentro de mí.
Creo que en el mundo hay espacios que parecen comunes, pero que, sin darte cuenta, se convierten en lugares donde somos más reales, más transparentes, más humanos.
Muchas veces vamos por la vida intentando ser algo o alguien. Toda mi vida me enseñaron que tenía que arreglarme hasta para ir al supermercado. Y muchas veces, estando acá, me he encontrado dudando de cómo tengo que ser, de cómo debo actuar, de si debo vestirme de cierta manera, de si me verán, de si ocuparé demasiado espacio, de si incomodaré, de si estoy “perfecta” para el sitio al que voy. Y por momentos se me olvida quién soy.
Se me olvida que no existe una fórmula secreta para la perfección. Vas a un café por el café y los postres, no para verte chula. Vas al bar de la esquina por una cerveza y unas rabas, no para que alguien piense que encajas perfecto o que llevas el mejor outfit. Nos pasamos la vida intentando ser perfectos para el resto y, en el intento, nos olvidamos de nosotros mismos. Y lo chistoso es que el 99.99999% de las veces nadie te está prestando tanta atención.
Creo que un lugar como la lavandería es nostálgico porque es profundamente humano. Nadie intenta aparentar nada ahí. Nadie llega a demostrar que tiene la vida resuelta. La gente simplemente quiere lavar su ropa, secarla y seguir. Y quizá por eso me mueve tanto. Porque una parte de mí todavía duda mucho de sí misma. A veces me vuelvo insegura de lo que soy, de lo que debería ser o de cómo debería verme. A veces se me olvida que simplemente tengo que ser yo.
Pero en esos días de lavandería, cuando voy con el pelo hecho un caos, ropa cómoda y, muchas veces, sin maquillaje, también he logrado conocer personas, sacar una sonrisa, reírme o simplemente permitirme existir sin tanta presión. Y tal vez así debería ir por la vida: más como voy a la lavandería. Sin intentar demostrar nada. Sin cargar con la presión constante de ser algo o alguien para merecer estar en un lugar. Solo siendo yo, con todo lo que soy, con todo lo que traigo, con todo lo que todavía estoy aprendiendo a lavar, secar, doblar y cuidar dentro de mí.
A veces uno cree que las grandes reflexiones llegan en momentos importantes, en paisajes increíbles o en conversaciones profundas. Pero no. A veces llegan sentada frente a una secadora, con una bolsa de ropa mojada, el corazón un poco cansado y la sensación de que, aunque todo esté cambiando, al menos por hoy lograste hacer algo como lavar tus calcetines. Tal vez algún día lavar ropa sea solo lavar ropa, pero mientras tanto necesito un tendedero y muchos análisis interno.
Nos leemos en la próxima carta.
Majo.
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