Escuchar, empieza escuchándome.

Carta a mi miedo a vivir.

Recientemente me he encontrado preguntándome qué podía contarte, amigo lector. Y es que he estado un poco aturdida con todo lo que he tenido que hacer. Así que, en medio del caos, un día decidí parar… y detenerme a escuchar.

Escuchar el sonido de las gaviotas, de los pajaritos por la mañana, el viento en la madrugada, los autos pasando por la carretera. Escuchar la computadora de Ángela a punto de explotar, la risa de Mafer que se cuela de un nivel a otro, la nueva canción que Javi me enseñó… escuchar.

Y creo que esto va un poco de la mano con mi carta anterior: quitar los ojos de mí para enfocarlos en alguien más. Y es que contártelo no significa que yo lo sepa hacer perfectamente. Pero lo estoy intentando. Y el día en que me di cuenta de que empezaba a notar cosas que antes pasaban desapercibidas, algo comenzó a nacer en mí.

Me di cuenta de que una de las mejores sensaciones que he tenido es cuando sé que alguien me presta la suficiente atención como para detenerse y escucharme. Y yo quería hacer eso también, ¿sabes?

Entonces entendí lo importante que es escuchar, la seguridad que transmite. Hay algo curioso e íntimo en prestar atención a lo que el otro dice: mirar a los ojos, intentar entender cómo percibe el mundo. Sus gustos, sus películas favoritas, la música que escucha, sus ideas, cómo se relaciona con su entorno, sus muletillas, lo mucho que le gusta su outfit o lo mucho que lo detesta… y miles de detalles más que solo descubres cuando realmente escuchas.

Y en medio de todo eso, un día escuché a Sami hablar de lo mucho que le gustaban las películas de Harry Potter. Dio la casualidad de que yo las estaba viendo de nuevo, y eso nos llevó a una conversación súper profunda sobre el mundo mágico. Y aunque suene tonto, hubo una frase que Sami me recordó:

“It does not good to dwell on dreams and forget to live.” Albus Dumbledore se la dice a Harry. Y me hizo pensar en lo mucho que vivimos metidos en sueños: en el resultado, en lo que quisiéramos tener, alcanzar o ser.

Y me di cuenta, escuchando a mi gente, de que todos en algún momento nos hemos sentido estancados. Porque tenemos una idea —aunque sea borrosa— de lo que queremos ser, vivir o alcanzar, pero nos quedamos esperando. Esperando a que algo pase. A que algo cambie. A que llegué el momento perfecto. Y se nos olvida vivir. Se nos olvida el regalo que tenemos en las manos: la posibilidad de cambiar nuestra vida.

Y quizá cambiar tu vida no signifique algo tan drástico como irte del país. Tal vez cambiar tu vida sea apuntarte a esa clase de baile, salir a correr, animarte a ser constante en el gimnasio, usar esa blusa llamativa que te encanta pero te da miedo, probar ese peinado o ese maquillaje. Cambiar tu vida no siempre significa irte. O quizá sí. Pero también puede significar, simplemente, decidir parar por una vez… ¿sabes?

Y todo esto me llevó a que, en medio de una salida con amigos, escuchara a una amiga decir: “Lo soñé tanto… estudiar y sacar mi licenciatura en otro país. Y ahora que ya la terminé, no tengo ni idea de qué hacer con mi vida. Pasé tanto tiempo soñando con esta meta que, ahora que ya la crucé, no sé a dónde ir.”

Y escucharla me hizo darme cuenta de algo: todos tenemos un lío en la cabeza. Todos estamos, en mayor o menor medida, asustados de fallar. Nos urge tener la vida resuelta, nos tranquiliza pensar que todo ya está escrito… pero la vida no funciona así.

La vida no es solo cumplir metas.
La vida necesita ser vivida.

Necesita que pruebes cosas nuevas, que te equivoques, que cambies de rumbo sin sentir que fracasaste. Porque escuchar no solo es hacia afuera.

Escuchar empieza por ti. Empieza por ponerle atención a esa voz que has guardado durante años en una esquina de tu alma. Esa que te susurra —o te grita— cosas como: aprende ese idioma, compra ese ticket, cambia de trabajo, deja lo que ya no te hace bien, sal, conoce gente nueva, enamórate, equivócate.

Escuchar empieza escuchándote.

Y creo que ahí entendí algo.

Que no estamos perdidos… solo estamos en ese espacio incómodo entre lo que soñamos ser y lo que todavía no sabemos cómo construir.

Porque nadie nos enseña qué hacer después de cumplir un sueño. Nadie te habla del silencio que viene después de la meta, cuando ya no hay una siguiente línea clara que cruzar.

Pero tal vez la vida nunca fue una lista de cosas por tachar.

Tal vez se trata más de aprender a estar. A escuchar. A notar.

A dejar de correr tanto detrás de lo que viene, para no perdernos lo que ya está pasando.

Porque al final, vivir no es llegar. Es prestar atención.

Y quizás cambiar tu vida no empieza con una gran decisión…
sino con algo mucho más simple: detenerte, respirar… y escuchar.

Nos leemos en la próxima carta.

Majo.

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