Mamá, hoy me enfermé.

Carta a la primera vez que me enfermé, lejos de casa.

Nunca pensé que una simple gripe pudiera hacerme sentir tan lejos de casa. Es curioso cómo damos por sentado ciertas cosas.

Cada vez que me enfermaba, mi mamá estaba ahí. Con sus menjurjes, sus agüitas mágicas, el cuarto oliendo a Vicks y sus abrazos que parecían curarlo todo. Mi papá velando por mí, preguntándome cada diez minutos cómo me sentía. Mis hermanos entrando a mi cuarto solo para hacerme reír y distraerme de lo mal que me sentía físicamente. Y mi nana, preparándome atoles y agüitas de miel con la misión clara de devolverme la vida.

Cuando vomitaba, llegaba como ese meme al cuarto de mi mamá diciendo:
—“Mami, gomité.”

Y ella estaba ahí. Siempre. Cuidándome toda la noche si era necesario. Mi papá llegaría después, y los dos se quedarían conmigo hasta que pasara lo peor. Siempre fue así.

Por eso, el primer día que me sentí mal aquí —cuando los escalofríos, las náuseas y el dolor de cabeza empezaron a golpear— lo primero que hice fue pensar en ellos.

Pensé en lo mucho que los necesitaba. En que aquí no tenía a quién tocarle la puerta para decirle “me siento mal”. En que la puerta de al lado no llevaba al cuarto de mis papás. En que esta vez tendría que lidiar con esto sola.

Y curiosamente, no me afectó tanto el primer día. Me afectó el tercero. Después de una mala noche. Con la cama llena de kleenex. Sin parar de toser. Con el cuerpo cansado y el corazón aún más. Ahí me pegó de verdad cuánto los extrañaba.

Porque nadie te prepara para vivir la vida sola cuando siempre ha habido alguien contigo. Nadie te explica lo vulnerable que se siente estar enferma lejos de casa. Nadie te advierte que crecer también significa aprender a cuidarte cuando lo único que quieres es que te cuiden.

No les voy a negar que fueron días plagados de lágrimas. Extrañé muchísimo a mis papás y también sentí que no mejoraba… y creo que, en parte, era porque ni siquiera tenía la mente más positiva frente a todo esto.

Y aunque quisiera que existiera otra forma de vivir este proceso, lo único que me tocaba era vivirlo. Vivir las noches sin dormir. Vivir el no tener a nadie físicamente cuidándote.

Pero en momentos como estos agradezco tanto la tecnología.
Dios bendiga a la persona que inventó el teléfono y las videollamadas, porque aunque me sentía sola físicamente, las llamadas de las personas que amo siempre estuvieron ahí, preguntando por mí, velando por mí, y sobretodo tenía a Dios.

Claro que tener una parte de tu corazón en otro país cuesta. Es complicado.
Pero también es parte de la vida. Es parte de crecer. Es aprender a cuidarte sola. Porque ahora yo hago mis menjurjes, mis atoles y mis agüitas mágicas para el malestar. Ahora soy yo la que sabe cómo comprar medicina y cómo ir sola al médico.

Y aunque duela, eso también es crecer.
Es entender que te estás convirtiendo en la persona que necesitas ser.
Porque crecer, como todo en la vida, tiene partes dolorosas… y otras profundamente buenas.

Poco a poco me fui sintiendo mejor.
Y poco a poco, la tristeza también fue pasando.

Así es la vida de adulta foránea: hay días buenos y días malos.
Días en los que solo quieres hacerte bolita y regresarte a tu país.
Y otros en los que quieres quedarte, abrazar esta oportunidad y disfrutar el regalo tan grande que es vivir en otro lugar, sea cual sea la razón que te trajo hasta aquí.

Supongo que de eso también se trata crecer: de aprender a sostener ambas emociones sin dejar de avanzar.

Y sobre todo, aprender a agradecer.
Agradecer las cosas, las personas, los cuidados, los abrazos, los “¿Cómo te sientes?”.

Porque no siempre los tendremos, y no hay nada mejor que tener un corazón agradecido. Nos hace más fuertes y nos da una perspectiva diferente de la vida.

Así que hoy agradezco a mis papás, a mis amigos y a mi familia por siempre estar, incluso cuando no me daba cuenta de cuánto lo daba por sentado.

Gracias por ser y por estar.

Nos leemos en la próxima carta.

Majo.

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