Primer día en otro país: cero estrellas

Carta del primer día (spoiler: sobreviví)

Mi primer día sola.
Sin mis papás. En un lugar que no conozco. En un mundo que no entiendo del todo. En una ciudad que todos llaman mágica… pero yo solo sentía pánico.

Ese día me desperté temprano. Me bañé, me cambié y me puse perfume, porque así me enseñó mamá. Verifiqué todo mil veces. Las llaves. La mochila. Los documentos. El camino. Mi horario. Y aunque todo parecía estar en orden cuando cerré la puerta, por dentro nada lo estaba.

Todo empezó camino a mi primera clase en mi nueva universidad. Iba nerviosísima. Las manos frías, el corazón acelerado, la cabeza llena de pensamientos. Entré al salón… y ahí lo confirmé: todo el mundo ya se conocía.
Todos ya tenían su grupo de amigos.
Todos sabían a dónde ir.
Todos entendían cómo funcionaba todo.

Y yo… yo apenas estaba intentando entender dónde sentarme. Pero antes de seguir, déjame darte un poco de contexto.

Vine a España a terminar mi segundo título universitario. Eso significa que aquí estoy cursando tercer y cuarto año. Y aunque para mí todo es nuevo, para mis compañeros no lo es.

Ellos se conocen desde primero. Han hecho trabajos juntos, han pasado exámenes imposibles juntos, han celebrado y se han quejado en los mismos pasillos durante años. Tienen historias compartidas, recuerdos que yo no entiendo.

Yo vine becada. Mientras yo estaba terminando una licenciatura en otra universidad, en otro país, ellos estaban construyendo la suya aquí, en España.

Así que cuando entré a ese salón el primer día, no solo era la nueva.
Era la que llegaba a mitad del curso.

Así que me quedé ahí. Con los audífonos puestos. La cara gacha. Sin saber qué hacer. Y de repente alguien dijo:
—“Pues no hay clase, la han cancelado”.

En cuestión de segundos todo el salón empezó a confirmarlo. Que sí, que la habían cancelado. Que habían madrugado por gusto. Y ahí estaba yo. Confundidísima. Porque, para colmo, mi plataforma virtual no funcionaba. Ni siquiera podía comprobar si era verdad. Así que tomé mis cosas y regresé a casa. Vivo a ocho minutos de la universidad. Ocho minutos que ese día se sintieron eternos. Me esperaban dos horas hasta la siguiente clase.

Volví a verificar todo mil veces. Las llaves. La mochila. Los documentos. El horario. Regresé a la universidad… solo para que me dijeran que habían cambiado el horario y que ya había llegado tarde. No podía entrar.

Pánico. Otra vez pánico. ¿Esto era en serio? Me senté en una banquita a esperar la siguiente clase. Con música en los oídos, intentando no llorar. Pasó una hora. Entramos al salón. Éramos cinco personas. Pasaron cinco minutos. Diez. Veinte. No llegó nadie más, ni el profesor.

Hasta que una chica dijo:
—“Cambiaron el horario, la pasaron a otro salón en otro momento… ya no llegamos”. Y ahí… sí lloré. Porque ¿qué probabilidad había de que TODO saliera mal? Caminé los ocho minutos de regreso a casa con lágrimas cayendo sin permiso. Llegué, comí algo entre sollozos y pensé: “Bueno, necesito ir al supermercado”. Agarré mis bolsas. Verifiqué mil veces qué bus tomar, qué ruta seguir, dónde bajarme.

¿Y qué creen que pasó? Me subí al bus incorrecto.

Terminé en un lugar que no conocía, sin parada cercana. Caminé veinte minutos hasta encontrar una. Y el bus pasaba en veinte minutos más. Con lágrimas en los ojos decidí seguir caminando. Total, ya estaba perdida.
Lo peor es que podía haber ido caminando desde el principio, pero yo quería aprender qué bus me llevaba…

Llegué al supermercado, hice una compra terrible porque solo quería volver a casa y dije: “Estoy harta de los buses”. Así que pedí un Uber.

Y aquí es cuando vi un poco de luz en mi día.

Me subí… y después de horas perdida, de clases fallidas y lágrimas acumuladas, lo primero que escuché fue a Marco Antonio Solís en la radio.

El Buki.

No exagero cuando digo que fue la primera sonrisa genuina que tuve ese día. El Uber cantaba bajito y yo sentía que mi humor mejoraba mientras escuchábamos a Marco Antonio Solís. Y por primera vez en horas, sentí esperanza.

Pero el día aún no terminaba.

Como de esas veces en las que Dios pone personas exactas en momentos exactos, apareció una chica. Resulta que mi papá y su tía eran amigos, y ella vivía aquí desde hace tres años. Me invitó a salir.

Me cambié. Me limpié las lágrimas. Revisé todo mil veces otra vez. El horario. El bus. La parada. Esta vez sí me subí al correcto (primer win sin me lo preguntan). Nos sentamos a hablar. Me contó lo bueno, lo difícil, lo solitario. Me dijo que tres años atrás ella había vivido exactamente lo mismo.

Y entonces me dijo algo que me cambió el día:

—“Es complicado, sí. Pero es una oportunidad que una en un millón tiene. Cada vez que sientas que es duro, recuerda que estás viviendo lo que una vez soñaste”.

No les puedo explicar lo que fue sentarme con alguien que me entendía. Esa noche regresé a casa diferente. No porque el día hubiera sido bueno. Sino porque ya no me sentía sola en él.

Y Dios puso este versículo en mi corazón: “Así que no se preocupen por lo que pasará mañana. Ya tendrán tiempo para eso. Recuerden que ya tenemos bastante con los problemas de cada día.” — Mateo 6:34

Quizá fue un mal día.
Pero no era una mala vida.

Al día siguiente me desperté con una decisión sencilla: vivir un día a la vez. Agradecer la oportunidad. Aprender de lo vivido. Intentarlo otra vez.

Ese fue el día que entendí que crecer también duele… pero vale la pena.
Vale la pena porque aprendes. Porque maduras. Porque descubres que siempre hay esperanza, incluso cuando el día parece empeñado en salir mal.

Quizá tendré más días duros.
Quizá me subiré al bus incorrecto mil veces más.
Quizá volveré a hacer mal el súper y tendré que regresar al día siguiente porque olvidé comprar aceite.
Quizá cancelen clases. Quizá llegue tarde otra vez.

Pero ¿sabes qué?
Es parte de todo. Lo bueno de las primeras veces es que solo son primeras una vez. Después aprendes. Y creces.

Poco a poco todo ha ido mejorando. He aprendido a moverme, a preguntar, a respirar antes de entrar en pánico. He aprendido a vivir… diferente.

Y vivir diferente duele.

Extraño todos los días a mi familia, a mi país, a mis amigos. Hay días en los que quisiera cruzar el océano solo para abrazarlos. Pero este es mi sueño. Y los sueños no se honran rindiéndose en el primer tropiezo.

Dios no abre puertas porque sí.
Si hoy tengo vida, si estoy aquí, si tuve la oportunidad de venir, es porque hay un propósito más grande que mi miedo.

Así que sigo. Un día a la vez.
Con lágrimas a veces, con risas otras. Pero sigo.

Nos leemos en la próxima carta.

Majo.

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