¿Realmente cuesta tanto la reciprocidad?

Carta a una Maria que se siente rara.


¿Por qué nos resulta tan complicado ser recíprocos?
Dar lo que recibimos y actuar en consecuencia. Pareciera que vivimos en una constante búsqueda de qué me sirve a mí, qué me funciona a mí, qué me conviene a mí, y en ese proceso nos olvidamos de la gente que da y hace por nosotros.

Últimamente me he dado cuenta de algo que me cuesta aceptar: no todos los vínculos son recíprocos.

Recientemente me he encontrado en una situación compleja. La persona con la que convivo más, aunque me cae bien, me ha hecho notar que muchas veces soy yo quien se adapta, quien cede, quien se acomoda para que todo funcione… pero a su manera. Y yo quedo en segundo plano.

Y eso me pesa. Porque cuando yo doy, doy mucho. Doy fuerte, doy con intención, doy desde lo que soy. Así me enseñaron. Y no lo hago esperando algo a cambio… pero tampoco desde la idea de quedarme vacía.

Entonces surge la pregunta: ¿qué pasa cuando das constantemente y lo único que recibes son situaciones donde terminas quedando mal? Me he sentido como su última opción. Como si todo girara en torno a ella. Como si lo que me pasa a mí no importara. Me deja sola. No se despide. Me deja a un lado. Si puede me coloca en una situación en la que yo quede mal y pues ella bien. Y ahí es donde todo empieza a tener sentido: no es solo esta situación. Es algo más profundo.

Porque cuando hablo con otras personas, me doy cuenta de que todos, en algún momento, hemos estado en relaciones donde no hay reciprocidad… y eso inevitablemente lleva a la decepción. Porque cuando das, comprendes y empatizas, duele descubrir que el otro no devuelve ni una cuarta parte.

No se trata de llevar una libreta de contabilidad emocional —“yo hice esto, tú hiciste aquello”— porque los vínculos no funcionan así. Pero hay algo que todos sentimos, aunque no siempre sepamos nombrarlo: la reciprocidad.

Los vínculos sanos tienen una base muy simple: dar y recibir. A veces uno da más, otras veces el otro sostiene más. La vida tiene ritmos distintos, y los vínculos reales se adaptan a eso. Pero hay una línea muy clara que, cuando se cruza, empieza a doler: cuando el intercambio desaparece y todo comienza a sostenerse desde un solo lado, y aunque no puedo esperar que todos den con mi misma intensidad, sí creo que no debería ser tan difícil dejar de mirarnos solo a nosotros mismos, aunque sea por un momento, y aprender a ver también por los demás.

Porque muchas veces el problema no es que no sepamos amar, sino que estamos demasiado enfocados en nosotros mismos. En lo que sentimos, en lo que queremos, en lo que creemos merecer. Y en medio de ese ruido, dejamos de notar lo que otros hacen por nosotros, lo que otros necesitan, o incluso lo que otros están cargando en silencio.

Quitarnos el foco no significa olvidarnos de nosotros, sino aprender a mirar alrededor con más intención. Ser más conscientes. Más humildes. Más dispuestos a cuestionarnos y a cambiar.

Hay una verdad tan simple, pero tan retadora: “Traten a los demás como les gustaría que los demás los trataran a ustedes.” (Lucas 6:31).

Sabemos perfectamente cómo queremos ser tratados: con respeto, con atención, con cuidado. Pero cuando se trata de dar eso mismo, lo pensamos más de la cuenta.

Y es algo que he notado aquí. No creo que sea únicamente un tema cultural, pero tampoco sé si viene de la crianza, la educación o simplemente del egoísmo. Lo que sí siento es que muchas veces no hay reciprocidad. Y aunque esto no pasa solo aquí —pasa en todo el mundo—, aquí lo he percibido con más fuerza.

En clase, por ejemplo: cuando hablas, el profesor respeta tu turno y te escucha con atención. Entonces, ¿por qué es tan difícil hacer lo mismo cuando él habla?

No debería ser complicado respetar el espacio del otro en casa. Hay miles de historias de compañeros de cuarto que son irrespetuosos o que se toman demasiadas confianzas en un espacio compartido.

No debería ser tan difícil ser amables. Y aun así, muchas veces pareciera que lo fuera, pero, ¿por qué, si recibimos amabilidad, nos cuesta tanto darla de vuelta?

Tal vez la respuesta no está en los demás. Tal vez empieza en nosotros. En elegir, incluso cuando no es lo más fácil, tratar a otros como nos gustaría ser tratados. En aprender a salir de nuestro propio centro y recordar que los vínculos no se sostienen solo con lo que recibimos, sino también con lo que decidimos dar.

Porque al final, la reciprocidad no se exige… se construye.
Y muchas veces, empieza cuando alguien decide dejar de mirarse solo a sí mismo.

Nos leemos en la próxima carta.

Majo.

Deja un comentario