
Carta desde casa, en forma de amigos.
El día que volvió a mi la esperanza. A lo largo de mi corta vida he conocido a muchas personas. A muchas las he amado. Otras simplemente han pasado… pero todas, de alguna forma, se han quedado.
Creo fielmente que somos un rompecabezas, construido con las piezas que nos dejan quienes hemos querido. Algunas piezas encajan perfecto y otras no tanto. Y eso es parte de lo que somos. Nunca he tenido muchos amigos. Tengo un par de grupos… y con eso siempre ha sido suficiente. Nunca se me ha dado bien conocer gente nueva, sobre todo en lugares que no conozco. Casi siempre me toma tiempo. Observar. Medir. Respirar antes de acercarme.
Y no fue sorpresa que me costara aquí también. Sobre todo teniendo en cuenta lo que te conté en la carta anterior: vine a terminar mi tercer/cuarto año de carrera. Eso significa que todos ya tienen sus grupos, sus historias compartidas, sus bromas internas. Y encajar en un lugar donde parece que ya no hay espacio para ti… no es sencillo.
Siempre me ha costado. Pero también siempre me he obligado a intentarlo. A hablar. A preguntar. A dar el primer paso, aunque me dé vergüenza. Aunque por dentro quiera hacerme bolita cada vez que veo a todos moverse en grupo mientras yo me muevo sola. Así que podrás imaginar lo difícil que fue dejar a mis amigos en Guate. Dejar a mi gente. Dejar lo conocido.
Pasar de tener a alguien cerca 24/7, de sentir que encajaba sin esfuerzo, a empezar desde cero. A no tener que “entrar” a ningún mundo porque ya estaba en casa… a tener que tocar puertas en mundos que parecen completos.
Y eso, aunque nadie lo vea, pesa.
Entonces, un día, uno de mis amigos me escribió: “Majo, vamos a estar en Bilbao… ¿podríamos pasar a Santander a verte este domingo?”
Y no sé cómo explicarlo, pero sentí que Dios había visto cada intento torpe de socializar, cada conversación incómoda, cada momento en el que quise rendirme y no lo hice. Sentí como si me dijera: “Ya vi tu esfuerzo. Toma… aquí tienes un poquito de comodidad. ”Y en ese mensaje corto, simple, cotidiano… volvió a oler a casa.
Así que déjame contarte sobre mi fin de semana. Uno que me sacó, aunque fuera por un momento, de la tristeza. Uno que me llenó de casa, de gente conocida, de confianza.
Un fin de semana que me recordó quién soy cuando no estoy intentando encajar, sino simplemente siendo, y que me hizo mirar a la tristeza que he estado sintiendo y decirle, con calma pero con firmeza: “Hoy no ganaste.”
Todo empezó un sábado.
Salí con mi roomie y sus amigos por primera vez aquí. Y contra todo pronóstico… me la pasé súper bien. Conocimos gente de todos lados, bailamos reggaetón en un club súper random de Santander y, por unas horas, dejé de sentirme la nueva. Lo más curioso fue descubrir que aquí no celebran tanto el 14 de febrero como nosotros en Guatemala. Aquí se celebra el Carnaval. Y fue genial ver a todo el mundo —padres, abuelos, niños— con disfraces increíbles.
En medio de la plaza hicieron un concierto enorme. DJs poniendo canciones totalmente random mientras en las pantallas salían minions bailando. De repente sonaba una bachata, luego Daddy Yankee, luego una canción del Mundial. Un shock cultural tras otro. Nuestros amigos alemanes y turcos estaban fascinados. Mi roomie guatemalteca y yo… confundidísimas. Pero eso no impidió que bailáramos todo lo que pusieran. Ah, y aquí todo empieza tardísimo. Los clubs abren a la 1 a.m., pero los bares están llenos desde las 6 p.m. Otro pequeño shock cultural que añadir a la lista.
Y aun así, me divertí muchísimo.
El domingo me desperté con LA llamada. Eran las 4 de la mañana. “Ya llegamos a la estación de tren.” Y no les miento cuando digo que casi lloro de la emoción.
Decidimos que, como venían cansadísimos del viaje (eran cuatro en total), descansarían por la mañana y a medio día saldríamos. Aquí los domingos casi todo está cerrado, excepto restaurantes, bares y cafeterías, y la mayoría abre hasta las 2 p.m. Así que dormir era el plan más sensato.
Y a medio día, con un paraguas animal print súper sexy, tres británicos y un chapín aparecieron en mi residencia listos para conocer Santander. Y lo más chistoso es que, gracias a ellos, yo también conocí lugares nuevos. Porque vamos… llevo un mes aquí, tampoco es que sea experta turística.
Los llevé por las huertas, entre vaquitas peludas y caminos verdes. Y en medio de ese paisaje tan distinto al mío, viví risas genuinas. De esas que no se fuerzan. De esas que salen porque estás con gente que te conoce. Después nos fuimos a lo opuesto: la playa. Fría. Helada. Intimidante. Ellos querían meterse. Yo estaba convencida de que les iba a dar hipotermia. Al final no se metieron, pero disfrutamos la brisa y la arena blanca. Nos reíamos de todo. Bromeábamos por todo.
Y cuando el día ya era perfecto… nos alcanzó la lluvia.
Con camisas mojadas y pantalones chorreando corrimos a casa para cambiarnos y esperar que bajara un poco. Porque nos esperaba algo importante: una barra infinita de sushi. Comimos como si no hubiera mañana. Después fuimos a un bar donde:
Flynn se enamoró de una española y bailaron (caóticamente, pero ellos juran que románticamente) “Telephone” de Lady Gaga.
Harrison se subió a un toro mecánico —tardó 10 minutos en animarse y duró 3 segundos arriba.
Harry probó todas las cervezas de Santander.
Leonardo le ganó cuatro veces al póker a un señor de 80 años.
¿Y yo? Yo me hice fan oficial de los cócteles de zumo. Los amo.
La noche terminó con ellos acompañándome a casa. Los planes cambiaron mil veces, pero no lo hubiera querido distinto.
El lunes llegó demasiado rápido. Era mi último día con ellos. Nuestros planes se arruinaron porque el cielo decidió caerse y el viento casi nos volaba. Así que un café y un pastel de mi cafetería favorita en su Airbnb fue suficiente. Nos pusimos al día. Hablamos de la vida. Dimos una última vuelta por la lluviosa Santander. Y llegó el momento de despedirlos.
A veces lo conocido, por pequeño o corto que sea el tiempo que lo disfrutes, aligera el peso de lo desconocido. No sabía cuánto necesitaba que alguien que me conoce me abrazara y me dijera, sin decirlo directamente: “Estamos juntos en esto.” Dejar a los que amamos no es fácil. Irse sola al otro lado del mundo sin conocer a nadie, sin entender del todo la cultura, tampoco lo es. Pero ese fin de semana, rodeada de gente nueva y de gente conocida, me devolvió fuerzas.
A veces solo necesitamos recordar que la gente que se quedó en nuestro país sigue estando, incluso a la distancia. Y que es normal sentirse triste cuando estás dejando todo lo familiar para entrar en un mundo donde todavía no sabes si encajas.
Todo toma tiempo. Todo es poco a poco.
Nadie dijo que cumplir sueños sería fácil. Atreverse a salir de la zona de confort implica abrazar lo conocido para tener fuerzas de caminar por lo desconocido. Nadie quiere irse de lo cómodo. Pero a veces es necesario. Qué bonito será un día contarle a mis hijos o nietos todo lo que viví en Santander. Lo bueno. Lo bonito. Lo duro. Lo difícil.
Vamos a conocer gente nueva. Algunos se quedarán. Otros solo pasarán a enseñarnos algo. Pero gracias a Dios… tenemos personas.
Y ese fin de semana entendí que hogar no es un lugar, sino la gente que te recuerda quién eres cuando estás lejos; porque uno no deja de pertenecer, solo descubre que puede pertenecer en más de un lugar.
Nos leemos en la próxima carta.
Majo.
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